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Paseo gastronómico por Galicia.

Cuando la palabra “vacaciones” vuelve a cobrar sentido en tu diccionario personal la única que la acompaña, o que debe hacerlo, es “disfrutar”.  No hay mayor placer para mí que salir de casa a probar cosas nuevas, ver qué es lo que hacen en otras ciudades y cómo la regionalidad afecta tanto a la cocina que se practique. Es curioso ver cómo, según la zona, la mayor parte de los restaurantes sigue una misma línea bien definida.

En el caso de Galicia, que la estuvimos recorriendo casi de cabo a rabo, hicimos paradas técnicas en O’Grove, Santiago de Compostela y Coruña y, aunque comimos en bastantes más sitios, hoy merecen mi atención los tres que se citan en el título. Empezando por el estrellado, si alguien se quiere dar un buen capricho algún día y disfrutar de la buena cocina de Javier Olleros y de sus preciosas vistas desde todas las mesas de la sala, no duden en acudir a Culler de Pau, al cual nos recomendaron la visita por muchas partes diferentes. Según todas las lenguas, la evolución de Olleros ha sido remarcable y es, hoy en día, el que sobresale ligeramente entre los gastronómicos gallegos, afirmación que no puedo sustentar por ser el único en el que he sentado mi culo. Tiempo al tiempo. Lo que sí que puedo decir es que aquí comimos muy agradablemente y bien, además. Las vistas, sí, son preciosas, aunque la sala tiene ese punto que, en ocasiones, también va ligado a la estrella y por el que sientes que tienes un palo incrustado en la espalda; cosas que, en mi humilde opinión, hacen que la comida sea un poco menos placentera. En cuanto a lo que comimos, su oferta gastronómica consta de dos menús y de una breve carta, pero ya que uno llega hasta el fin de una carretera perdida por La Toja, a muchos kilómetros de casa, y que sabe que va a pagar un dinero importante, la fiesta es la fiesta y el menú largo es lo que, por lo menos el conductor, se merece.

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Tres fueron los aperitivos formados por unas comunes croquetas de cocido, y eso que he oído que son muy alabadas, una crema de aguacate, requesón As Neves, pan de gambas y cebolla encurtida en frambuesa – quizás demasiado ácido – y una riquísima sopa de acelga y marisco que me recordó a la que Pepe hace en El Bohío. El menú empieza con un crujiente de arroz negro con crema de anchoa y ahumados -una espuma, floja, de marisco, sardina ahumada, ketchup casero, aceituna negra, brotes y cebolla – que está muy bueno. Bien también el mejillón con encurtidos (sopa), tomate seco y cogollo de lechuga – con una gelatina de manzana, espuma de ceviche y rabanillos. Sensacional por su parte la vieira con mantequilla de algas (nori, osmundea y codium), con puerro joven, caldo de cebolla y nécora; para no parar. Una de las estrellas fue, sin duda alguna, el Choco-cino, el tocino y choco como pasta con un caldo de sus interiores y crema de ajo y limón: absolutamente BRUTAL. Con el potaje de fabas de Lourenzá nos vinimos un poco abajo, quizás porque a las fabas les faltaba un punto de cocción y estaban pelín harinosas, sí que es cierto que el porco celta glaseado que las acompañaba estaba de escándalo. El huevo carbonara de Queso San Simón y migas de pan creo que ya es un clásico, y bien merecido, de la casa; está como para…

 

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