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DiverXO, que comience el XOw.

Nada de lo que hay ya escrito por todas partes define qué es el mundo fantástico de Dabiz Muñoz – sí, con be y con zeta, no se piensen que necesito ahora cuadernillos Rubio – pero si lo que esperan de esta líneas es encontrar esa descripción perfecta olvídense, ya pueden dejar de leer, porque la cuestión no somos los que escribimos, es la magia del que crea.

Diverxo es belleza, caos, orden, un circo en constante actuación, Vida elevada a la máxima potencia, diversión, libertad suprema, sabor-sabor-sabor, intriga, nervio, vanguardia a tope, mariposas en el estómago, una parte del país de Alicia, otra del mundo de Peter Pan, seriedad desenfadada, un lienzo dispuesto a no parar de viajar. Diverxo es pasión, disfrute, goce y – sobretodo – el billete de entrada al paraíso de la catarsis sensorial.

¿Están preparados?

Habiendo conocido su anterior ubicación en la calle Pensamiento, la mudanza a los bajos del Eurobuilding en la calle Padre Damián está claro que no ha hecho más que expandir las alas de los cerdos voladores que ya son seña de identidad de la casa.  Por mucho que escriba y que les cuente, perdónenme, pero no  les va a llegar ni una décima parte de lo que disfrutamos ese medio día de diciembre en el que estuvimos comiendo durante más de cuatro horas seguidas. Así que sírvanse ustedes mismos y vean el XOw, que será lo que más se le acerque:

Así que ya ven, ¿están dispuestos a recoger los pedazos de su cráneo? Aunque, créanme, quizás se conviertan en un polvillo tan fino que por culpa del señor Muñoz nunca más vuelvan a recuperarlo.

No esperen la típica sala de restaurante tres estrellas Michelín en la que sientes que te han metido un palo por el culo y que si te pusieran un plátano delante tendrías que pelarlo con cuchillo y tenedor. El blanco ha inundado el salón de Diverxo llenándose a su vez de sombreros con piernas, cerdos voladores con tutú que entran y salen de las paredes o conos de helado a modo de cubiteras; entorno en el que los mismos camareros, ataviados con unos estridentes monos de colores, incitan  comer con las manos y, sobretodo, a disfrutar. El discurso está pensado y el buenrrollismo latente, las mariposas con las que se llega al restaurante por el «no saber qué pasará» poco a poco van difuminándose a medida que el juego comieza y los lienzos empiezan a desfilar. Ahora toca evadirse, y todo el resto ya da igual.

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¿Que qué van a comer? Pues qué quieren que les diga, se van a meter en la boca una montaña rusa de la que luego nunca más se querrán bajar. Van a engullir evolución y revolución, sabores de siempre ejecutados majestuosamente e ingredientes viajados que harán que su percepción sobre la comida cambie así que les aconsejo que no lean más, de verdad, reserven, disfruten de la sorpresa, vuelen de la mano de Dabiz y no tengan miedo cuando se sientan conquistados, pues no serán los primeros. Caldos y fondos son el nexo de unión entre la explosión de sabores, lienzos que empiezan de una manera para terminar de otra distinta, el plato va cambiando, la untuosidad da paso a la acidez, el poder a la liviandad, la salinidad al amargor y el disfrute, a la admiración.

Y ahora, dejemos que el XOw comience, y que no se lo cuenten…

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